viernes, 19 de octubre de 2018

Evangelio Ciclo "B" / VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

Cómo nos gusta destacar y estar en la cima del poder, del tener y del ser... Tendemos a hacer un mal uso de la fe para desde nuestro egoísmo desear conseguir beneficios con ella. Pero la fe verdadera es seguir a Jesús para ser como Él y vivir como Él: en el último puesto, soportando nuestras cruz y experimentando el fracaso.

El pasaje de hoy, del evangelio de Marcos, nos presenta un diálogo entre Jesús y dos de los discípulos de su entorno más íntimo (Santiago y Juan). En este diálogo se pone de manifiesto las pretensiones más humanas dentro de un grupo o sociedad, donde hay una lucha por el poder, por la autoridad y por el prestigio. Algo que pasaba entonces y que nunca ha dejado de ocurrir.

Llegamos a un punto donde nos da la sensación de que Jesús ha fracasado con sus discípulos, porque parece que de nada han servido las enseñanzas anteriores y los esfuerzos que ha hecho para hacerles entender que los valores del Reino de Dios se oponen a los de este mundo.

Lo cual nos demuestra que los cristianos, por el hecho de serlo, no somos los mejores hombres y mujeres del planeta, y que las tentaciones a dejarnos llevar por nuestro egoísmo, la soberbia, etc., están siempre ahí y contra ellas hemos de tener una lucha constante por vencerlas. En esta escena se evidencia con cierta claridad la perpetua lucha entre la vanidad y la generosidad, entre el querer ser servido y el querer ser servidor. 

Cuando pensamos en este escenario que se nos describe en este relato evangélico, a la mayoría de nosotros posiblemente nos sucede que inconscientemente lo trasladamos al mundo de la política o al mundo empresarial, pero la pena es que estas cosas suceden muy a menudo en la Iglesia, en la familia, en los amigos... 

Jesús se ha dado cuenta que el problema no lo tienen solo estos dos hermanos sino que los otros diez, por como reaccionan, también lo tienen. Por lo que Jesús hace dos correcciones: una individual y otra comunitaria.

La corrección que hace Jesús consiste en poner realismo a la vocación cristiana y en no ocultar que seguirle a Él no siempre nos llevará al triunfo personal, sino que en más de una ocasión nuestro seguimiento nos llevará a experimentar el fracaso, el dolor y hasta el martirio.

Todo esto me lleva a pensar que hay mucha facilidad para confundir la idea del discipulado y mucha dificultad para comprender a Jesús. El seguimiento no sólo es querer estar a su lado sino que ha de ser también el querer ser como Él. Ser como Él supone asumir que su destino puede ser también el nuestro. Ser como Él supone dar un cambio a nuestra mentalidad y a nuestra vida para empezar a descubrir que la imagen que nos hacemos de Dios no suele coincidir con la imagen que Jesús nos revela de Dios.

Si buscamos a Jesús para tener seguridad, para tener la vida resuelta, para poder estar por encima de los demás... ¡Qué equivocados estamos! Cuántas veces seguir a Jesús a mí me ha complicado la vida porque he tenido que tomar decisiones que no eran las que humanamente yo hubiera tomado, haciéndome tener un comportamiento que me ha hecho hasta llegar a sentirme incomprendido e inferior a los demás. Vivir el Evangelio me supone muchas veces introducirme en una guerra civil personal entre dos deseos que brotan en mí y que se contradicen. Por eso, seguir a Jesús es una batalla constante y diaria por renunciar a unas seducciones y por conquistar una nueva forma de ver la vida y de vivirla. Esa tensión nos acompaña en nuestro seguimiento del día a día, porque siempre hay nuevas tentaciones, y las tantaciones que destapan mi debilidad se renuevan y se repiten.

Beber el cáliz de Jesús y sumergirse en las mismas aguas que Él, nos hace referencia a la unión que se da entre estas dos imágenes  en el bautismo martirial que recibimos cada uno de los cristianos. No es un cáliz de vino sino en sangre (dolor, sufrimiento, sacrificio, muerte), ni es un nadar en el agua sino ahogarse en ella. Bautizarse es morir para nacer a una nueva vida. Comulgar la Sangre de Cristo es alimentarte con el amor que aparece de la entrega y del donarse así mismo. Quien se bautiza y quien comulga entra en una nueva vida que no tiene que ver ya con la vida terrena, porque nuestra nueva vida espiritual nos lanza a ponernos a la altura de Jesús, sabiendo que Él se ha puesto, desde su nacimiento y su bautismo, por debajo de los demás y en la cola de la fila. Ha venido para ser el último y no el primero, para amar a los demás y no amarse así mismo o sentirse amado de un modo narcisista. Ese es nuestro Jesús, el del Evangelio, el de la Iglesia. Podemos maquillarlo para que nos parezca otro, para endulzarlo, para suavizarlo... pero en ese caso, nunca conoceremos al verdadero Jesús si no lo miramos colgado en una cruz. Y nunca seremos buenos y santos discípulos y discípulas, cristianos y cristianas, si no hacemos de su vida nuestra propia vida: si no somos como Él ni vivimos como Él.

La resurrección de Cristo nos anuncia la esperanza de que Dios termina poniendo a cada uno en su sitio y que sólo a Él le corresponde hacerlo. Que el dolor, el sacrificio y hasta la muerte experimentada desde la donación personal a Dios y a los demás son transformadas en alegría, felicidad y vida. No somos lo que queremos ser, seremos lo que Dios quiera y espere de nosotros. Nosotros no conseguimos la salvación ni por enchufe ni con dinero, pues la salvación es una decisión del Padre, y esa salvación tiene un precio: ¿estamos dispuestos a pagarlo? La moneda con la que se compra la salvación tiene dos caras que se fusionan: por un lado está la cara de la fe y por el otro lado está la cara del amor hecho entrega y humildad. Y la moneda, no lo olvidemos, es un regalo ella misma que ha de regalárnoslo Dios.

Emilio José Fernández, sacerdote

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