miércoles, 10 de octubre de 2018

Evangelio Ciclo "B" / VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

El apego al dinero y a lo material se convierte en un obstáculo para que los cristianos podamos seguir al Señor y para alcanzar la salvación. Si tenemos grandes cualidades pero nos falta la caridad fraterna, nosotros mismo nos cerramos las puertas del corazón de Dios.

En este pasaje de Marcos, Jesús continua visitando lugares y desplazándose por caminos por los que se va encontrando a su paso a distintas personas. En esta ocasión se trata de un hombre que llega corriendo y se arrodilla en su presencia, subrayándose así la urgencia de este personaje por encontrarse con Jesús y el respeto que le tiene al reconocer su grandeza.

Este hombre le hace una pregunta clave a Jesús, la cual está en el deseo de todo creyente: "¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna?". Abriéndose un diálogo entre los dos, se pone de manifiesto la calidad religiosa de este hombre que ha cumplido todos los preceptos religiosos que marca el judaísmo referentes al amor al prójimo. Pero Jesús, que no le quita validez ni le resta importancia al historial y curriculum de esta persona que tiene delante, lo considera insuficiente para alcanzar la salvación. 

Para Jesús conseguir la salvación no sólo depende de unos comportamientos morales correctos sino también de un cambio de vida que hemos de hacer para convertirnos en discípulos. Y esto es lo que le añade Jesús. 

Ese seguimiento del discípulo comporta el llegar a identificarse con el mismo Jesús, con el Jesús real que nos revelan los evangelios y no con el idealizado y que cada uno podemos interpretar según nuestras necesidades o circunstancias. Y ese Jesús, a pesar de la grandeza por ser el Hijo de Dios, es pobre en su vida y en sus sentimientos, es mendigante de un Padre que le aporta todo lo que necesita y es el desprendido que comparte su pan y su vida con todos los que lo buscan y con los que convive. Por eso la pobreza no es un nuevo mandamiento, ni una condición, ni un requisito para seguir a Jesús, sino que es una consecuencia de ese seguimiento mediante el cual uno comparte y se comparte con los demás.

Observamos como este hombre rico se bloquea ante esta propuesta de Jesús, y hasta se siente frustrado, porque entre sus planes de vida no entra una vida en pobreza ni compartir con los demás. Jesús le pide dar el paso del retener al dar, de tener seguridad a tener inseguridad, del prestigio social a la inferioridad social. Este hombre rico siente que Jesús le ha pedido demasiado porque se siente enamorado de los bienes materiales, pero al mismo tiempo Jesús le hace darse cuenta que también es un poseído y un esclavo de ellos. En ese sopesar entre los bienes materiales y el Reino de Dios, su corazón se inclina por lo primero y no está dispuesto a pagar tan alto precio por lo segundo. Lo cual pone de manifiesto que este hombre que se siente profundamente religioso por ser un cumplidor de preceptos es, sin embargo, un hombre que no ha considerado a Dios como la gran riqueza y su gran tesoro. Por cumplir la Ley no se considera pecador, pero su pecado está en el apego a las riquezas mundanas. Esta historia, que no tiene un final dulce, nos deja, como al mismo personaje, tristes.

Este relato invierte y remueve los valores de este mundo para un Dios que los mira con otros ojos. Los discípulos y todos los que nos ponemos ante esta escena quedamos impactados y cuestionados. Porque de alguna manera todos buscamos en esta vida la seguridad y la estabilidad, y creemos que la riqueza es la mayor garantía para tener ambas. Da la sensación de que los discípulos de Jesús no han entendido sus anteriores enseñanzas o el gesto de la multiplicación y reparto de los panes. Y es que antes como ahora, aquellos y nosotros, seguimos pensando que la felicidad es proporcional a nuestra riqueza económica. Sin embargo Jesús, y es lo desconcertante de este texto, nos la presenta como un obstáculo para seguirle y para alcanzar la salvación. La riqueza es opuesta a la pobreza, pero también al Reino de Dios.

¡¡¡¡Ojo!!!!, con esto Jesús no nos está pidiendo que vivamos como mendigos y en la miseria absoluta de no tener nada material, pues lo material también es necesario. lo que Jesús nos pide es que "relativicemos" la riqueza, es decir, que no la hagamos el valor absoluto de nuestra vida, ni nuestro proyecto vital, ni la convirtamos en imprescindible para existir y para tener futuro.

Jesús aprovecha esta situación que ha provocado el hombre rico que se marcha decepcionado, para dar una lección a sus discípulos, y, por ende, a nosotros. Por eso da un paso más y, a modo de parábola, insiste con el impedimento que supone el amor a la riqueza para seguirle a Él y para formar parte del Reino de Dios, y lo hace con la comparación de la dificultad del rico con la dificultad de un camello para entrar por el ojo de una aguja. Pedro, que es el portavoz del grupo de los discípulos, que aparece como el representante de la Iglesia, interviene exponiendo la preocupación de sus hermanos y hermanas en la fe y en el discipulado porque consideran que tanta exigencia hace que no quede claro quién cumple con el requisito de Jesús y quién se salvará. Incluso ellos, que consideran haberse desprendido de las riquezas de este mundo, tienen esta misma duda. A lo que Jesús les invita a mirar menos lo que han dejado atrás para sentir mayor alegría por lo que podrán conseguir como premio en un futuro. Dicho de otra manera, si te desprendes de las cosas materiales no vivirás en la carencia sino en la plenitud, pues hay realidades más importantes y beneficiosas que las realidades terrenas; y lo que dejes o cambies por Dios, te será recompensado y de forma multiplicada aunque no estarás exento de tener sufrimientos.

Jesús termina esta escena y esta enseñanza con unas palabras contundentes y clarificantes ante la impotencia humana de los discípulos y la nuestra por no vernos aptos y capacitados para cumplir la exigencia y mandato de Cristo, por lo que Él nos descubre que necesitamos la FE para conseguir lo que nos parece imposible, que necesitamos de Dios para llegar a metas que nos parecen lejanas, en definitiva, que lo que nos falta a nosotros Dios nos lo pone y nos lo regala de forma milagrosa. Esto es lo que la Iglesia denomina la Divina Providencia.

Todos los cristianos y cristianas que de alguna manera ya tenemos experiencia de haber hecho transformaciones en nuestra vida por el seguimiento de Jesús y por el Reino de Dios, sentimos la vibración que nos dejan estas palabras de Jesús y conectamos con esa parte de la Iglesia que ha sabido y sabe vivir el Evangelio.

El principio y la lógica del Reino de Dios no es el poseer y el acaparar, sino que lo son el compartir, pues la Vida y el Reino de Dios no son una conquista humana sino la gratuidad que un Dios, que es Padre y que es bueno, nos regala constantemente. Tu responsabilidad es saber corresponderle y cuidar para que nadie te robe, destruya o haga inservible lo que con tanto amor Dios te ha ofrecido y dado.


Emilio José Fernández, sacerdote

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