viernes, 26 de octubre de 2018

Evangelio Ciclo "B" / TRIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

Quiero ver, para verte mejor, Señor. Quiero creer para seguirte sin miedos y volver a renacer. Quiero ser curado por tus manos que me llenan de vida y me reparan la fe.

Jesús hoy aparece de viaje por una ciudad en la que va de paso en su tarea de anuncio del Reino de Dios. Y es aquí donde Marcos nos quiere contar una historia llena de ternura para exponernos la misericordia de Dios que su Mesías nos ha traído como Buena Noticia.

La ceguera era y es una de las enfermedades más comunes, y en aquella época solía ser provocada por el polvo del desierto, la falta de higiene y el exponerse demasiado a la luz solar.

Lo llamativo de este pasaje es que Jesús conoció y curó a varios ciegos, sin embargo, el de esta historia tiene nombre y se nos dan datos de su identidad a la vez que se encuentra cerca de una conocida ciudad, por lo que Marcos ha querido demostrar su autenticidad y llenar de realismo su narración. El evangelista ha colocado intencionadamente este relato justamente antes de la llegada de Jesús a Jerusalén y como cierre de todo lo anterior, porque la curación de Bartimeo se convierte en una crítica de Jesús hacia sus discípulos por su incomprensión y torpeza que les ha llevado a enfrentarse a Él cuando les ha enseñado la importancia de la entrega, del servicio, del matrimonio vivido en amor, etc.

Marcos no nos está contando solamente un suceso histórico, sino que, a la vez que lo hace, lo aprovecha para darnos una catequesis de una forma magistral con la que invitarnos a la conversión y al cambio de vida.

La vida de Bartimeo está descrita muy cuidadosamente: es un hombre ciego al que le falta la luz y la orientación, que se encuentra sentado porque se siente impedido para moverse libremente y porque necesita la ayuda de la limosna de los demás para poder mantenerse.

Se encuentra al borde del camino, marginado de las oportunidades de la vida, sin un futuro cierto y sin un proyecto que le merezca la pena. Pero Bartimeo tiene un tesoro guardado en su interior y que no ha perdido. Ese tesoro es la fe. Por eso aguarda pacientemente a que Jesús pase cerca de donde se halla, por eso se ha colocado donde sabe que el encuentro será posible.

Cuando Bartimeo siente próxima la presencia de Jesús por el bullicio de quienes lo acompañaban, comenzó a gritar con la fuerza de la fe para pedir auxilio al Hijo de David. Ni siquiera las quejas de los demás hicieron que se callara, más bien cada vez gritaba con mayor fuerza. Jesús se detiene y solicita que lo busquen. Cuando el ciego se siente solicitado por Jesús no duda en ir en seguida, lo deja todo y se desprende de lo poco que tiene. Para ir a donde está Jesús sabe que no necesita nada, porque lo que necesita lo lleva siempre consigo: la fe.

Me conmueve la frase con la que Jesús lo saluda: "¿Qué quieres que haga por ti?". Es la misma con la que se dirigió a los hijos de Zebedeo cuando fueron a solicitarle el poder ocupar los puestos de honor en el Reino de los Cielos para estar sentados al lado de Jesús. Pero hoy la respuesta que recibe Jesús es distinta, pues se trata de la respuesta de un ciego cansado de estar sentado que quiere recobrar la vista para poder seguir a Jesús. Qué diferencia en las actitudes de los que se consideraban ya discípulos de Jesús con la actitud de Bartimeo. El contraste es toda una lección de cómo ha de ser el verdadero discípulo de Cristo. Por eso Marcos nos muestra a Bartimeo como modelo de discípulo que sigue a Jesús por fe y no por intereses egoístas.

Marcos irónicamente nos está diciendo que Bartimeo fue curado de su ceguera, mas los verdaderos ciegos eran los discípulos de Jesús que no llegan a comprender a Jesús ni el Reino de Dios. En el camino que todo discípulo ha de hacer, este siente la invitación de Jesús a seguirle y la exigencia de formar parte de una comunidad de vida donde la solidaridad fraterna es esencial.

Es sorprendente observar cómo la comunidad en un primer momento ha querido silenciar al ciego porque lo consideraba una molestia. Lo han rechazado porque no lo consideraban digno para ser atendido por Jesús ni para formar parte del grupo. Sin embargo es Jesús el que lo llama, y eso supone que la comunidad se sienta corregida, pues Jesús viene a decirnos que Dios siempre nos escucha y que no desatiende las necesidades de sus hijos más débiles. La iniciativa partió del ciego, ahora la iniciativa parte de Dios. Jesús no quiere cristianos perfectos sino cristianos que sean acogedores, que amen al prójimo, que se interesen por el otro, porque en la Iglesia hay sitio para todos, por lo que vemos la rectificación de la comunidad que, tomando la iniciativa, termina saliendo en busca del ciego en actitud de acogida.

Bartimeo representa a los que no han teniendo la luz de la fe, pero que la alcanzan por el Bautismo y así pueden formar parte de la comunidad cristiana. Jesús lo ha liberado, le ha hecho nacer de nuevo a una vida donde sentirse más feliz y tener una meta. Bartimeo ha conocido la fuerza y el poder de la oración hecha con humildad y en las dificultades. No creyó por haber sido curado sino que la fe fue la que le alcanzó la sanación. La fe de un pobre ciego ha sido firme mientras que muchos que creen gozar de vista están ciegos porque no han conocido a Jesús, pues, cuando lo conoces, te cambia la vida.

Y es que a Jesús hay que acercarse desde donde uno está, con la confianza de saber que no te va a rechazar y que siempre te va a atender, porque Él te devolverá la alegría que esperas y que necesitas. Con Jesús se puede dialogar en la oración, para expresarle nuestras inquietudes, mostrarle nuestros miedos y pedirle ayuda. Él siempre devolverá luz a tu vida, a tu corazón, a tus dudas. 

Jesús siempre está dispuesto a atendernos y a escucharnos. Y nosotros siempre de prisas, sin tener tiempo para los demás. Buscamos la ayuda de los demás y en cambio no siempre nosotros nos prestamos a ofrecerle a los demás la nuestra.

Es curioso y me llama mucho la atención el hecho de que este ciego y mendigo no pide limosna al Señor sino la salud de cuerpo y de alma, le pide vida. 

Y hoy quiero pedirle por mí que a veces también me siento ciego al borde del camino, y por tantas cegueras que nos impiden verlo, sentirlo, seguirlo y amarlo. Necesitamos ser curados, convertidos... Necesitamos ser Iglesia que acoge y cristianos de mucha fe.

Emilio José Fernández, sacerdote

REFLEXIONES ANTERIORES