jueves, 6 de septiembre de 2018

Evangelio Ciclo "B" / VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

Vivimos en un mundo que provoca mucha sordera para escuchar a Dios y y para escuchar el grito de dolor de los que sufren. Sólo Cristo puede abrir el oído del hombre y de la mujer para que escuchen y anuncien su Evangelio.

El pasaje del Evangelio de Marcos que hoy se proclama en la liturgia, nos sitúa a Jesús en su incansable hacer para que el Reino de Dios sea conocido por todos y llegue a todo el mundo.

Por eso su vida es una constante itinerancia y un desplazamiento hasta los lugares más hostiles pero donde tal vez se encuentran los hombres y las mujeres que más necesitan de Dios. Así que Jesús recorre ciudades y regiones consideradas lugar de paganos y territorios impuros.

Hay un tipo de enfermedades que según la mentalidad religiosa de los judíos se consideraban un castigo como consecuencia de un pecado. Cuando la persona ya en su nacimiento tenía esa enfermedad o defecto, se atribuía la culpa sus padres.

Jesús cura a un sordomudo a la vista de todos. Y lo hace con ese "contacto físico" de meter los dedos en el oído y de tocar la lengua con saliva. Jesús abre lo oídos y suelta la lengua a este hombre que no se podía comunicar con nadie, y le devuelve la salud física y la salud del corazón para que pueda comunicarse con la gente que ama y para que pueda formar parte de una sociedad en la que se sentía aislado y marginado.

Aquí Marcos nos subraya que Jesús, estando en territorio pagano, no se plantea dónde puede o no actuar, sino que Jesús allá donde esté no deja de hacer el bien le convenga a Él o no, le complique la vida o no, porque para el Mesías de Dios lo importante es la persona. Jesús es un hombre con un corazón abierto y sin fronteras.

Pero dentro de la realidad de esta enfermedad y de esta curación, el evangelista también se expresa de manera simbólica apoyado en las interpretaciones judías que consideraban sordos a los paganos porque no escuchaban la palabra de Dios. El sordomudo es aquel que se encierra en sí mismo y vive incomunicado, y es el discípulo que da muestra de que no comprende lo que dice Jesús ni entiende la gran noticia del Reino de Dios, que no sabe ni quiere comunicarla a los demás con sus palabras y con su vida. A todos ellos y a todos nosotros Jesús nos quiere abrir el oído y soltar la lengua.

Esta escena evangélica es la imagen de la Iglesia y de los cristianos de hoy, que disponemos con mas medios de comunicación social que nunca, pero a veces da la sensación de que sólo nos escuchamos a nosotros  mismos o a los que se parecen a nosotros. Hoy, que todos sabemos leer y que podemos encontrarnos con la palabra de Dios a través de mil formas, hasta en las redes sociales, muchos somos sordos porque estamos impedidos para comunicarnos, pues lo que más entorpece y obstaculiza nuestra comunicación con Dios y con las personas con las que convivimos es el pretender hablar y dialogar sin estar dispuestos a escuchar, algo que se deben de aplicar no sólo los políticos.

La comunidad a la que va dirigida este texto de Marcos está formada por cristianos de origen no judío, y así el evangelista pretende mostrar a los suyos, al situar a Jesús en territorios paganos, que ya el Señor tenía un interés por la universalidad de la evangelización, porque Jesús no se olvida de nadie ni excluye a nadie.

Hoy geográficamente nos encontramos con que todo está revuelto, porque los paganos no están en los nuevos mundos descubiertos ni los pobres están en los continentes alejados, ya que en cualquier ciudad y hasta en cualquier pueblo tenemos de lo uno y de lo otro. Por eso es alarmante el racismo que está surgiendo en la sociedad e incluso dentro de la misma Iglesia. Tenemos sensibilidad hacia los pobres cuando mandando donativos al Tercer Mundo, pero si los pobres están lejos, mejor, pues menos problemas nos dan y menos amenazados nos sentimos nosotros y nuestros bienes materiales. Esta manera de posicionarse está llevando a la proliferación de unos nacionalismos radicales que quieren protegerse con nuevas fronteras,  y es que hoy no es necesario ir a visitar a los pobres cuando ellos nos están viniendo en masa porque nuestras ayudas en sus países de origen no han sido suficientes.

Nos estamos deshumanizando y el contacto humano en poblaciones donde ni los vecinos se conocen nos está llevando a la plaga más grave de nuestro siglo: la soledad. Cada vez hay menos relaciones cálidas, cordiales, afectuosas y sinceras con los que tenemos más cerca. Cada vez hay más gente que se siente sola al no recibir la comprensión de los demás ni el amor de nadie. Todas estas causas de individualismo y soledad vienen alimentadas por el egoísmo, la insolidaridad y la desconfianza de unos en otros.

La fe no es la medicina para esta plaga de la soledad, por eso también los cristianos podemos llegar a padecerla. Sin embargo en la fe podemos encontrar la luz, la fuerza, el sentido que nos haga superar nuestro atrincheramiento y aislamiento, como le ocurrió a aquel sordomudo que escuchó la portentosa palabra de Jesús: Effatá (ábrete).

Vivimos en una sociedad moderna que se encuentra aturdida y desorientada, que nos lleva a no escuchar ni percibir el misterio de la vida, el misterio de Dios. No sabemos orar porque estamos sordos para escuchar la palabra de Dios, tal vez porque estamos saturados de demasiados ruidos. Con los oídos cerrados al Dios de la vida nos movemos en un mundo de placeres que nos hace estar vacíos por dentro. Y tan vacíos como algunos pueden estar, dejamos de ser profetas que gritan la buena noticia del Reino de Dios, que denuncian en voz alta las injusticias y que tienen una palabra para esta humanidad. Nos estamos quedando mudos porque así no nos enfrentamos a nadie y porque así nadie se mete con nosotros.

Nunca Dios ha estado mudo, pues nunca ha dejado de hablar; tal vez nosotros tenemos una sordera que necesita ser sanada. Tal vez estoy sordo y necesito que Dios me opere espiritualmente para que como cristiano pueda escuchar a quien me habla al corazón con palabras liberadoras y transformadoras. Y para que, a través de mí, que soy cristiano, la Iglesia tenga más voz. Por eso cada día mi oración también ha de ser la que permita a Dios decirme y yo escuchar: "¡ÁBRETE".

Emilio José Fernández, sacerdote



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