viernes, 30 de marzo de 2018

Evangelio Ciclo "B" / VIERNES SANTO, EN LA PASIÓN DEL SEÑOR.

El amor llevado al límite lo conduce a la muerte más horrenda, porque los sentimientos negativos del ser humano terminan en la crueldad más inimaginable. Lo dio todo a cambio de nada. Nos enseñó una nueva forma de vivir la vida y de vivir el dolor.


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Después de cuarenta días, tan intensos y fructíferos como cada uno los haya vivido, llegamos al final de la Cuaresma contemplando al Crucificado en el silencio de la oración y de nuestra existencia, pues la muerte llega a ser lo más humano que experimentamos todos sin distinción alguna. 

En el relato de la pasión y muerte del Señor es en lo que más coinciden los cuatro evangelios, lo que hace suponer que anteriormente tuvo que haber un único relato que tomaron como principal fuente, y luego, especialmente Juan, fue complementando con otras fuentes, lo que hace que en éste aparezcan escenas que no aparecen en los otros tres, como: la presencia de Jesús ante Anás, el diálogo de Jesús y Pilato sobre la verdad, el reparto de la túnica, la compañía de la Virgen María y de Juan junto a Jesús en la cruz, la lanzada... 

También hay diferencias teológicas pues Juan nos muestra a Jesús como Juez y como Rey; nos muestra la Pasión del Señor no como una humillación sino como una glorificación; nos muestra la cruz no como instrumento de tortura sino de salvación; y nos muestra a un Jesús que libremente entrega su vida. En la pasión según Juan se nos muestra el señorío de Jesús.

La muerte en cruz era horrenda y tremendamente cruel. Era un asesinato que se aplicaba de forma ejemplarizante a esclavos y delincuentes, a rebeldes y malhechores. La muerte en cruz era una vergüenza, un fracaso, un escándalo... y nos deja el recuerdo del sufrimiento y de la sangre. 

La muerte de Jesús es un asesinato que hemos dulcificado con el tiempo pero no podemos olvidar que lo mataron las fuerzas del orden, lo liquidaron las autoridades religiosas y políticas teniendo como cómplice a un pueblo engañado, y todo ello muy bien preparado para ajusticiarlo rápidamente y a las afueras de la ciudad como a un bandido.

Jesús es un hombre que ha dado la vuelta a muchas cosas en el ámbito religioso y social, y que ha puesto en jaque muchos intereses políticos y hasta religiosos. Jesús es un hombre, un estilo, una vida vivida en intensidad y apasionadamente, pero que ha resultado ser diferente a todos, lo que lo hace especial y único, envuelto en el misterio. 

Por eso su muerte no fue natural sino como síntesis y consecuencia de una vida de lucha y de compromiso, de entrega y de servicio. Ha vivido para los demás y ha amado a todos, se ha vaciado de sí mismo y se ha hecho pobre con los pobres. Ha sido el último con la intención de que los últimos sean los primeros, ha cuestionado las leyes cuando estas no nos permiten amar y no ha despreciado nunca a nadie. 

Ha creído y amado al Padre hasta el límite de la locura de la muerte en cruz, superando los miedos con la esperanza en Dios Padre aún cuando este se oculta dejándole la sensación de abandono. Ha amado sin esperar ser correspondido o recompensado, ha confiando en Dios Padre aunque se sienta en un abismo de profunda soledad, no se ha apoyado en las seguridades humanas (dinero, poder, el tiempo...). Ha luchado contra las fuerzas del mal y ha vencido por su afán de servir a los humildes, demostrando así que hay un Amor que se nos regala a todos, a buenos y malos, y que de todos espera lo que humanamente es un imposible para nosotros.

Hoy la Iglesia nos pide que lo contemplemos crucificado, y que lo hagamos en el silencio que se hace oración... hasta sentir el vacío que nos queda cuando Él ya no está: el alma se nos queda triste y el corazón desolado. Colgado de un madero le abrieron el corazón para danos la vida con la sangre y el agua que manan de él, con los sacramentos de la Eucaristía (sangre) y del Bautismo (agua). 

Despreciado por todos emprende en solitario su último camino. Torturado y despojado de las únicas posesiones materiales se reparten su túnica. Acusado y sin nadie que lo defienda, siendo inocente asume su fin. Lleno de heridas aparece como el Rey de la humildad, del dolor y de la no violencia. Cargando un leño casi sin fuerzas no pone resistencia hasta ser elevado en una cruz desde donde nos mira con infinita misericordia, la que no nos merecemos.

Ha perdonado en nombre de Dios a los pecadores que se encontraba, y ahora perdona a los que le han ofendido hasta el límite de lo salvaje. Ha sabido callar cuando toca, y ha dado ejemplo sin palabras pero con unos hechos que a nadie dejan indiferente. Lo ha dado todo, hasta su joven vida, hasta su último aliento y toda la sangre de sus venas... y hasta su propia madre, que desde entonces es también nuestra.

Ha amado más allá de lo que es racionalmente posible. Y así, Varón de Dolores, ¿de qué te vas a quejar tú ante Él? Todos tus sufrimientos son pocos al lado de los suyos. Sin embargo, cuando sin tus egoísmos personales lo contemplas muerto, puedes llegar a sentir su solidaridad contigo cuando descubres tus debilidad e imperfección.

Ese Crucificado es nuestro Dios, el Amor que tanto te ha amado y que te ha enseñado a amar cuando te dejas dócilmente modelar por Él desde la misma vida. Ese Crucificado es el que muere con el que agoniza, con el enfermo, con el que pasa hambre, con las víctimas de las guerras y de la violencia doméstica, con el niño que no llega a nacer...

Cuánto dolor provocamos nosotros y luego pedimos responsabilidad a Dios, olvidando que a su Hijo lo matamos nosotros, pues cuando Dios no lo llevamos en el corazón somos tan destructivos y hasta capaces de lo impensable.

No olvides que Él también dio la vida por ti en la cruz, porque la dio por toda la humanidad anterior a Él, la de su presente y la que ha venido posteriormente. Nadie te ha amado tanto ni ha hecho tanto por ti. Un amor así es inigual, y un amor así lo necesitamos todos los días. Un amor así sólo Dios lo tiene y Cristo nos lo muestra, por eso es nuestro Señor. Seguirle a Él es un privilegio y al mismo tiempo es el riesgo de tomar la propia cruz como Él y llevarla hasta el final, con la esperanza de que Él la lleva con nosotros y la hace menos pesada.

Emilio José Fernández, sacerdote.

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