jueves, 8 de marzo de 2018

Evangelio Ciclo "B" / CUARTO DOMINGO DE CUARESMA.

Quien no sufre por amor no sabe amar. Quien ama sólo para ser amado, no sabe amar. Quien no ama como Jesús, que por amar lo dio todo, hasta su propia vida, vive sin luz, sin satisfacción... aunque crea tenerlo todo. 


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El texto del Evangelio que hoy se proclama en la liturgia, corresponde al evangelista Juan y recoge un fragmento del diálogo entre Jesús y Nicodemo. Nicodemo es un personaje que sólo aparece mencionado en el evangelio de Juan, en el cual se nos dice que es un hombre anciano, que pertenece al grupo religioso judío de los fariseos, los cuales buscaban la perfección mediante el cumplimiento de la Ley mosaica; se trata de una de las pocas personas pertenecientes a la institución religiosa con las que Jesús establece una relación de amistad.

Nicodemo formaba parte del Sanedrín, que era el Consejo Supremo judío que impartía justicia, como órgano de poder político y religioso. Estaba compuesto por 71 miembros a los que se les requería un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras. De ahí que Nicodemo sea un estudioso, observante y maestro de la Ley, considerado un sabio y hombre con poder.

El encuentro entre Nicodemo y Jesús se produce en la noche, no sólo como el momento de no ser vistos, sino porque la noche es símbolo de la oscuridad interior, de las dudas y de la falta de fe.

El diálogo entre ambos maestros es profundo y de enorme carga teológica, por lo que no se trata de un diálogo real sino de una reflexión sobre verdades de fe que se exponen a modo de catequesis para la comunidad cristiana, especialmente para los iniciados.

Nicodemo reconoce que Jesús es un hombre especial por las obras que realiza. Pero Jesús le insiste que para creer en Él hace falta nacer de nuevo, nacer del agua y del Espíritu, es decir, del bautismo. Sólo con la fe adquirida en el sacramento del Bautismo se puede aceptar a Jesús como el enviado y revelador de Dios Padre; sin creer ni acoger a Jesús no se puede formar parte del Reino de Dios, ni se puede alcanzar la vida, ni se puede alcanzar la salvación.

En ese diálogo hay un momento en el que Jesús se identifica con la imagen de la serpiente de bronce que aparece en el libro de los Números, en el que se nos cuenta cómo Moisés, por encargo de Dios, realiza una serpiente que se cuerga sobre un mástil, y que con sólo mirarla salvó a numerosos israelitas que peregrinando por el desierto fueron mordidos por serpientes venenosas. Jesús presenta ese mástil como la figura anticipada de la cruz y de su muerte en ella, de donde nos viene la salvación de la muerte a causa de nuestros pecados.

Jesús es elevado, es decir, subido a la cruz y glorificado en la resurrección. En el evangelio de Juan la cruz es signo del comienzo de la vida y de la resurrección, no sólo es signo de sufrimiento y de fracaso. Por eso el Crucificado es el mayor signo del amor de Dios a la humanidad, y la fuente de vida eterna para los que creemos en Él.

La Buena Noticia del cristianismo es que el amor de Dios es universal, es para todos los hombres y las mujeres. Un amor que busca la vida verdadera como bien para este mundo. Tener fe no es sólo creer, sino que es la posibilidad de poder tener vida verdadera y eterna, algo tan grande que no siempre valoramos lo suficiente. Por eso tenemos que empezar a vivir desde ya algo nuevo y definitivo que nos viene dado por quien nos ama de una manera plena, con fidelidad y sin condiciones. Nos olvidamos con frecuencia de que Dios es amor y de que nos ama con locura. Los cristianos estamos llamados a vivir de una forma auténtica, junto a Jesús que nos ofrece nuevas fuerzas, nuevas esperanzas, un nuevo futuro que hemos de conquistar en nuestro día a día.

Dios nos dio lo que más amaba, y en ese gesto nos ha abierto todo su corazón y nos ha mostrado todo lo que nos ama. Y en la muerte de su Hijo amado, Dios nos ha perdonado la herida más grande que le hemos hecho, para dejarnos claro de que es capaz de perdonarlo todo, de que es infinitamente misericordioso. El amor de Dios no destruye sino que levanta, recupera, sana, da nueva vida.

La salvación de Dios es ofrecida a toda la humanidad, porque Dios quiere que todos se salven. Pero también es cierto que se salva quien se deja salvar, quien quiere salvarse y quien ayuda a que los demás se salven. El que se cierra a Dios, el que no acoge a su Hijo, se cierra y se niega así mismo la salvación.

Una sociedad acomodada, que sólo busca el disfrute y el máximo bienestar no es capaz de mirar como fuente de vida y de felicidad la cruz, el dolor, el fracaso... Sin embargo, los cristianos no miramos, sino que adoramos la cruz no como un apego al dolor, a la muerte, al fracaso, porque en ella vemos el amor, la cercanía, la solidaridad y la entrega de un Dios que lo ha dado todo por nosotros, que lo ha dado todo por ti y por mí.

No es el sufrimiento el que salva, sino el amor de Dios que se solidariza con todo sufriente de toda la historia de la humanidad. No es la sangre del sacrificio la que purifica sino el amor de Dios que nos acoge como hijos. Lo que salva no es el sufrimiento sino el amor, y el sufrir por amor.

No todas las cruces salvan, las hay que destruyen y esclavizan como la droga, el apego al dinero, el juego, el poder... Hay cruces que nos pueden hacer obsesivos cuando las usamos para tapar nuestros defectos y dar otra imagen, porque no hacemos las cosas de corazón sino para que se vean. La verdadera cruz es aquella que yo llevo para que el otro no lleve en soledad su cruz, para que el otro no tenga cruz. Y esa cruz se sabe llevar cuando se ama de verdad, cuando te interesas por el otro, cuando de verdad en el otro ves a tu hermano. Esta es la cruz de Jesús, la que me saca de mis egoísmos, la que me da vida, la que me salva porque me hace un corazón a la medida de Dios.

Escuchar las palabras de Jesús nos llena de luz en medio de nuestras noches. Nos hace sentir que no estamos solos porque somos amados por Dios. La palabra de Jesús da luz a mi vida, me llena de esperanzas y me devuelve la ilusión perdida. La palabra de Jesús me renueva por dentro cuando la acojo y la hago real en mi vida. Cristo me humaniza con su palabra, me transforma el corazón, me lanza a los demás. 

Vivimos en un mundo cada vez más lleno de ateos, pues son cada vez más los que eliminan y sacan a Dios de sus vidas porque no creen. Vivimos en un mundo donde no hay necesidad de Dios, porque se considera que la religión no sirve para nada. Un mundo donde nos amamos sólo a nosotros mismos, porque no sabemos amar lo que hay fuera de nosotros. Un mundo donde cada vez la soledad se convierte en la epidemia que llena de tristeza tantas vidas, vidas que no tienen luz ni alumbran.

Pero la fe no se adquiere con el estudio de libros ni con ninguna metodología. La fe la encuentra el que busca, el que quiere cambiar, el que no se conforma con la vida que tiene ni con lo que es, el que siente que nada de este mundo le hace feliz ni le llena... el que teniéndolo todo siente que le falta lo que sólo Dios llena. Porque podremos tener el amor de la pareja, de los amigos, de la familia... pero también necesitamos el amor de Dios que nos hace completos y vitaliza nuestras demás relaciones en la entrega, en la solidaridad y en la generosidad de quien, como Dios, aprende a amar sin esperar nada a cambio porque ha descubierto que en Dios ya lo tiene todo.

Emilio José Fernández, sacerdote.

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