jueves, 30 de diciembre de 2021

DÍA 1 DE ENERO, SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS / Evangelio Ciclo "C"


Lucas 2, 16-21

El día 1 de enero, primer día del nuevo año, la Iglesia se lo dedica a la Virgen María, en esta solemnidad en la que festejamos la declaración del dogma de su maternidad al considerarla Madre del Hijo de Dios, aunque popularmente se le declara Madre de Dios. Esta declaración oficial de fe o dogma por parte de la Iglesia, ocurrió en Éfeso durante el concilio celebrado en el año 431, por petición y aclamación espontanea del pueblo, de la gente allí presente, a los padres conciliares.

La liturgia de este día nos invita a meditar sobre la maternidad de María con el pasaje de Lucas que recoge la escena de la adoración de los pastores tras el nacimiento de Jesús, misterio de fe que estamos celebrando en estos días. El texto, en realidad, presenta dos partes: la del momento de la adoración de los pastores y la del momento de la circuncisión del niño, que, además de una cuestión de higiene, se convirtió en un rito de identidad judía. 

Nos encontramos a los pastores, un colectivo marginado por ser considerados en aquella época borrachos y delincuentes que robaban, gente baja y de poca consideración. También su trato con animales les hacía catalogales como personas de poca reputación. Sin embargo, son los pastores los que reciben esta buena noticia del nacimiento del Mesías y los primeros invitados a adorarle, acción que realizan a toda prisa llevados por la emoción, la alegría y la curiosidad. Tuvieron que sentirse sorprendidos al encontrarse en un lugar de refugio de animales, en un ambiente de sencillez y pobreza, al niño más grande de la Historia de la Humanidad. Ellos se convirtieron en los primeros testigos de lo sucedido porque así lo deseó Dios. Y con ellos, Dios nos muestra su predilección por los últimos y pequeños. Se nos dice de ellos que se ponen en camino, ven, comprueban, comunican lo sucedido y terminan glorificando y alabando a Dios por lo que han visto y oído. Todo un itinerario cristiano.

Todas esas actitudes de los pastores contrastan con la actitud de María, que es la contemplación desde el silencio. Y un silencio que no es estéril, sino que le lleva a la oración, porque guardaba “todas estas cosas” en su corazón. Lucas nos subraya aquí y a lo largo de su evangelio la profunda fe de una mujer sencilla y humilde, que sabe escuchar a Dios en los acontecimientos de su vida y guardar esas vivencias en el corazón donde el recuerdo permanece hecho sentimientos. María se presenta como modelo de orante, ejemplo para los cristianos.

Una mujer y un nombre: María. Es aquella que perdura en la Historia de la Humanidad y que la Iglesia a lo largo de los siglos le ha dado el lugar que le corresponde por ser quien es: la Madre del Hijo de Dios. Aquella muchacha que fue creciendo en todos los sentidos y cuyas manos huelen a pan amasado, manos trabajadoras y dispuestas a ayudar. Cuyos pies están manchados de los caminos de Nazareth, de Jerusalén, de Belén, de Egipto… Siempre en camino. Cuyos labios han pronunciado la mejor de las oraciones: “He aquí la esclava del Señor”, “Hágase en mí tu voluntad”, “Proclama mi alma la grandeza del Señor…”, “Haced lo que Él os diga”. Cuyo corazón guarda una sabiduría de quien ha contemplado el amor de Dios y ha sabido llorar en silencio al lado de una cruz ensangrentada. María, siempre Madre.

Bienaventurada te llamarán todas las generaciones, y especialmente tus hijos e hijas de todos los rincones y de todos los tiempos acudirán a ti, porque has hallado la gracia de Dios. Tú, la que siempre nos esperas. Tú, la que siempre nos buscas. Tú, la que siempre nos perdonas las faltas de no recordarte y tenerte presente cada día, amarte a cada instante. 

Si Dios quiso una madre para su Hijo, no cabe duda que procuró buscar la mejor. María es la representación de todas las madres que viven para sus hijos, que los aman y los cuidan, que los acompañan hasta en los momentos más duros y que les hablan de Dios, como Ella hizo con Jesús. Como Ella hace con nosotros, y así se lo pedimos: Acompáñanos, protégenos y ayúdanos ahora, en nuestro presente, y también en la hora de nuestra muerte, en el momento de nuestra vida más decisivo y difícil humanamente de afrontar. Madre, que tu fe sea también nuestra fe: "Dichosa tú porque has creído".

Emilio José Fernández, sacerdote


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