viernes, 28 de septiembre de 2018

Evangelio Ciclo "B" / VIGÉSIMO SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

Hacer el bien no es exclusiva del cristiano pero el que hace el bien forma parte de Dios. Debemos prescindir de lo que nos induce al mal aunque sea una experiencia dolorosa, porque lo que sana y nos santifica es hacer el bien como Jesús lo hizo, y sólo así, siendo como la sal, transformaremos el mundo y la sociedad.

El pasaje del Evangelio de la liturgia de este domingo pone de relieve cómo los miembros de las primeras comunidades cristianas tuvieron que ser testigos de la existencia de taumaturgos, exorcistas y curanderos pertenecientes al mundo judío o greco-romano y que actuaban pasándose por discípulos de Jesús cuando intervenían echando demonios o curando enfermos. La actitud de las comunidades cristianas tuvo que ser la de impedir que el nombre de Jesús fuera usado por aquellos a los que no se les consideraba cristianos, tal vez porque entendían a la Iglesia como la única con potestad para hacer el bien.

Podemos ver en la actitud de esos primeros cristianos un gesto de intransigencia y de intolerancia con quienes no formaban parte del grupo o iban por libre, pero el éxito de estos provocaba en los seguidores oficiales de Jesús la envidia, el temor y el egoísmo de creerse ellos con la exclusiva del cristianismo y no aceptar de alguna manera que el Espíritu Santo se mueve libremente y nos desconcierta, porque sopla y actúa donde quiere.

Dios tiene un proyecto para el mundo y este proyecto no se limita sólo a realizarse en la Iglesia, porque el horizonte del Espíritu Santo es mucho más amplio y nosotros no debemos de escandalizarnos cuando así sucede, sino de alegrarnos de que muchos hombres y mujeres, no perteneciendo a ninguna institución, actúen movidos por la fuerza de su fe en Cristo.

En este pasaje Marcos nos quiere corregir a los cristianos por la envidia que podemos sentir o el rechazo que podemos tener hacia quienes hagan el bien sin pertenecer a la Iglesia. Y a esas personas no las hemos de considerar una amenaza. Dentro de la misma Iglesia, entre los distintos grupos que la formamos, se puede dar el sectarismo, el creer que en mi grupo es donde se encuentra la verdad, que mi grupo es el que está más cerca de Dios y el que mejor actúa en nombre de Jesús. Sin embargo Jesús, en este pasaje, nos llama a la tolerancia, al respeto y a la alegría entre todos aquellos que, sin formar parte de un mismo grupo, hacen el mismo bien. Jesús no es posesión de nadie en particular porque Él ha venido a ser de todos. Los cristianos de hoy debemos aprender a trabajar junto a quienes buscan hacer un mundo mejor y más fraterno, pues todo el que hace el bien es porque está cerca de Dios que es el Sumo Bien.

La causa de Jesús es el ser humano, y todo el que trabaja en esa misma causa de alguna manera está unido a Cristo. Y quien desde campos que no tienen que ver con la religión, como la política, un voluntariado, etc.,  lucha por la justicia, por la igualdad, por la dignidad de los humillados y empobrecidos, está luchando por el Reino de Dios y por la causa de Jesús, se sepa o no sepa.

Cuando hay logros por parte de la sociedad, de la ciencia, de la política, de la economía, etc., que nos benefician a todos, los cristianos debemos alegrarnos y defenderlos. 

Todo el que hace el bien será reconocido por Jesús y quedará recompensando. Todo bien agrada a Dios, lo haga quien lo haga. Y a Dios le duele toda ofensa que se haga a una persona, más cuando ese mal es un aprovechamiento del débil y del abatido. El bien que hacen las personas de buen corazón no es lo que nos ha de escandalizar, sino que nos ha de escandalizar lo que ofende a Dios. A Dios lo ofendemos cuando hacemos daño a los demás y cuando nos ensañamos con el débil y no nos ponemos de parte de él. Y todo el que con su vida no da ejemplo o con su conducta induce al otro a hacer el mal o lleva una vida inmoral, supone un escándalo para Dios, para la Iglesia y para la humanidad.

Hoy es escandalosa la desigualdad económica que supone que unos vivan en la abundancia y que otros lo hagan en la miseria. Hoy es escandaloso el marginar a las personas por sus diferencias y el juzgarlas por sus apariencias. Hoy es escandaloso el tráfico de personas, el maltrato a la mujer, el matar a otros en nombre de Dios. La Iglesia debe ser hoy un altavoz de la buena noticia con la acogida al marginado, el respeto a los derechos humanos, construyendo la paz y la fraternidad de los pueblos. Y ha de ser una Iglesia que no escandalice con sus luchas de poder interno, por el afán de las riquezas materiales... Pues esa no es la Iglesia que Dios quiere.

Lo mismo nos hemos acostumbrado al deterioro social actual y por eso lo que nos estorba es que haya personas que denuncien las injusticias y trabajen por el bien y la dignidad de las personas, que apuesten y luchen por la vida. Hoy Jesús nos invita a todos a ponernos de su parte, a hacer su causa la nuestra, a no tener miedo a que nos etiqueten o señalen por hacer el bien que nace de un corazón convencido de que el amor y la caridad es lo que sana a las personas, a la sociedad, al mundo. Y si ese amor tiene como fuente la fe en Dios más puro será.

No es bueno el fanatismo que nos puede hacer creer mejores que los demás por tener fe y creer que el resto andan en la perdición porque entonces dejaremos de tener caridad. Y si en tu vida no hay caridad ni pones tus dones al servicio de hacer el bien a los demás sino que los usas para hacer el mal y dañar a los inocentes, o buscas sólo el beneficiarte tú, entonces la solución está en cambiar interiormente y de vida, en alejarte de lo que te hace pecar, dañar y ofender. Todo lo que tenemos (ojos, pies y manos), valores, virtudes y dones han de estar volcados en hacer el bien para así bendecir a Dios, y no lo contrario. Si nos importa nuestra salvación y la de los otros tenemos que ser exigentes con nosotros mismos, no conformarnos con ser casi buenos cuando podemos ser santos. Tenemos que ser como la sal, que da sabor a aquello con lo que se mezcla y que hace que los alimentos no se pudran. Así hemos de ser los cristianos cuando nos mezclamos con los que no lo son o cuando estamos presentes en un mundo desacralizado y deshumanizado: somos sal cuando santificamos y cuando humanizamos.

Emilio José Fernández, sacerdote

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