La sal y la luz, dos elementos de la naturaleza que forman parte de la vida humana, de uso doméstico y presentes en todas las culturas. Jesús recoge estos dos símbolos comparativos para dirigir unas palabras de ánimo a la comunidad creyente perseguida y también desilusionada. Son sal de la tierra y luz del mundo los que viven apasionadamente las bienaventuranzas. La novedad del Reino de Dios no puede perder fuerza ni ocultarse.



