La sal y la luz, dos elementos de la naturaleza que forman parte de la vida humana, de uso doméstico y presentes en todas las culturas. Jesús recoge estos dos símbolos comparativos para dirigir unas palabras de ánimo a la comunidad creyente perseguida y también desilusionada. Son sal de la tierra y luz del mundo los que viven apasionadamente las bienaventuranzas. La novedad del Reino de Dios no puede perder fuerza ni ocultarse.
Muchas veces los cristianos reducimos nuestra fe al ámbito privado y personal, pero Jesús nos invita a vivir la fe unida intrínsecamente a la misión, de tal modo que creer es sentirse enviado. Si la sal no sala, no conserva los alimentos y no cura as heridas, y si la luz no alumbra, sal y luz no sirven para nada. Por eso la comunidad cristiana o es misionera o no es nada.
En la actualidad muchos considerados creyentes no viven la vida a cada momento de manera rica, gozosa y fecunda. Tenemos anemia espiritual y nos hemos vuelto sosos porque no contagiamos con entusiasmos el Evangelio. Tenemos una tarea urgente como cristianos: volver a salar nuestra fe a la luz del Evangelio. La fe es sal cuando nos hace vivir todo como algo nuevo: la vida y la muerte, la convivencia, la soledad, el fracaso, la alegría, el trabajo, la fiesta…
Evangelizar no es querer que la sociedad de manera sistemática acepte nuestra fe. Nos sobra mucha palabrería y nos faltan muchas “buenas obras”. Evangelizar es ofrecer la esperanza que es para nosotros Jesucristo.
Emilio J., sacerdote
