Este discurso profético de Jesús es una invitación a no conformarnos con el presente y a no considerarlo como lo definitivo, lo permanente. Hay algo más que aún no ha ocurrido y que, por la fe, entendemos que sucederá. Lo importante no es el cuándo y el cómo sino nuestra actitud actual como creyentes. Eso es lo que le preocupa al evangelista ante una comunidad cristiana que en su época creía que las palabras de Jesús se cumplirían de inmediato y que, como no era así, se relajaban en sus conductas de prácticas de fe y morales.
En nuestro tiempo nos ocurre igual ante el empacho de estar sometidos a una abundancia material, porque eso nos lleva al activismo desenfrenado, a la superficialidad, a la incoherencia por la relajación de los valores. Saturados de noticias y de medios informativos, estamos a la espera de sucesos extraordinarios que provoquen una transformación total. Así el hombre no es feliz y está lleno de vacíos porque nada de lo que tiene le sacia.
Los cristianos tenemos que vivir nuestro presente en esperanza, porque el Evangelios nos invita a esperar en un cambio que vendrá producido por la acción de Dios, pero que mientras tanto hemos de preocuparnos también de lo que nos acontece en nuestro presente y en nuestro día a día. Debemos de estar vigilantes y al mismo tiempo preparados, porque esperamos en Dios y eso requiere constancia.
Emilio José Fernández, sacerdote