Este relato de Mateo es la parte final del discurso de Jesús a los que anuncian el Reino de Dios, que en realidad éstos deberían de ser todos los bautizados. Seguir a Jesús no es fácil porque requiere una serie de exigencias y de renuncias.
Nuestro ego nos hace creernos dueños de nuestra vida (de nosotros mismos) y de los demás. No siempre tenemos presente que toda la Creación y nosotros mismos pertenecemos a Dios. Nada nos pertenece, todo es un don de Dios: desde mi propio ser hasta mi familia, amigos… Agradecer a Dios la vida se hace a través de la donación personal a los demás, en el desgastarse y darse a los otros, en hacer el bien y en tener caridad, especialmente con los más débiles. Donar la vida a Dios no es suicidarse, pero conlleva el sufrimiento del esfuerzo y el sacrificio que nos supone ser un don para los demás o separarnos de ellos.
La familia no es un absoluto, sino que Jesucristo y el Reino de Dios son el único absoluto, al que tenemos que anteponer a los nuestros y todo lo que nos da seguridad.
La familia nueva que nos ofrece Jesús es la del Reino de Dios donde todos somos hermanos, por eso tenemos que cuidarnos y ayudarnos los unos a los otros.
Emilio J., sacerdote
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